Juanma me había dicho que funcionaba y ahora que teníamos que enseñar cuerpo en las playas, cualquier cosa que ayudara era bienvenida.
La llamé, me dio cita para la semana siguiente, tenía que ir los lunes, martes y miércoles y me dijo que comprara una crema que vendía Federico en la farmacia, era un frasco enorme, un poco caro, pero bueno, aquello tenía que durar mucho.
Llegó el lunes,me duché y fui a la calle Santa Ana, su casa estaba enfrente del convento, en medio de la cuesta. La puerta entreabierta, un elástico enganchado al cerrojo unía hoja con hoja, una cortina de rayas mexicanas me impedía ver el interior. Llamé varias veces, nadie respondía, lo mismo me había confundido de casa. Con el dedo retiré el elástico, aparté la cortina y metí el cuerpo.
¿Hola?
Había un pasillo en pendiente con el suelo de terrazo.
¿Hola?
Paso a paso fui avanzando, hasta un escalón que daba a un comedor, no me atreví a bajarlo.
¿Hola?
¡Pepe! ¡Pepe! -Era una voz que sonaba como de ultratumba desde algún rincón del comedor. – ¡Paza!
Bajé el escalón. En una hamaca, una mujer que era una colección de huesos y arrugas, levantaba los brazos hacia mi.
¡Pepe! Meno ma que ha venío de Barcelona. Me tienen secuestrá.
Empezó a llorar desconsoladamente, gritaba.
¡Sácame de aquí Pepe! ¡Sácame de aquí!
Del patio apareció una mujer, con bolsas, una escoba y toda la colada que acababa de recoger del tendedero.
¡Mamá cállate! – Tenía un ligero acento que parecía alemán. – ¿Tu eres Juan verdad?
Si, vengo por lo del masaje.
Te voy a preparar un café. Tiene que ser sólo que se ha acabado la leche.
Siempre lo he tomado manchado, porque me pone muy nervioso, pero no quería contrariarla. Su madre continuaba llorando y gritando, mientras ella desde la cocina la mandaba callar. Explicaba el tratamiento a voces, las sesiones durarían como mínimo tres meses. Salió con dos tazas, cogí la mía, estaba ardiendo. Sin dejar de hacer preguntas me llevó a una habitación que estaba en la entrada.
Decía que tenía que estar pendiente no fuera a escaparse su madre. Dejé la ropa en una silla y me tendí en una especie de camilla. Ella se puso una bata. Abrió el frasco que llevé de crema y la expandió por mi espalda, lió una tela a mi cintura y empezó a tirar con fuerza apretándomela una y otra vez, era un dolor horrible. Temiendo lo peor le pregunté, no sin antes asegurar que me habían hablado muy bien de ella, donde había aprendido a hacer eso.
En una clínica alemana donde estuve trabajando.
¡Ah! ¿Es usted médica?
No, yo trabajé de limpiadora muchos años allí y veía como lo hacían.
No sé si me quedé más tranquilo. Aún así cumplí mis tres meses de tratamiento sin faltar un día. Ese verano tuve una cintura de infarto.

