El tiempo se detuvo sin dejar en ningún momento de correr. Los recuerdos iban apareciendo a la tibia luz del amanecer. La lluvia parecía dispuesta a tragarse todo. Podía verlo, un lago y al fondo surgiendo de las aguas el perfil eterno de La Giralda.

El camarero de abajo no me ha cambiado el billete de veinte euros y no he podido sacar tabaco, ante mí un horizonte apocalíptico, los cimientos de una civilización se tambalean. Será un buen momento para dejarlo. Cada vez que lo intento un volcán se desata en mi interior poniendo en peligro todo lo que me rodea. Habrá que respirar hondo antes de entrar en erupción. El momento peligroso será cuando llegue la PVD, solo cinco minutos, eternos sin una jalada. Si, lo voy a dejar, ya no fumo.

Ha dejado de llover, los primeros rayos del sol hacen brillar la tierra mojada, un arco iris cruza el cielo de Sevilla. Angélica pasa junto a mí, le cuento lo del camarero, me trae diecinueve euros, falta uno para los veinte.

Ahora tengo que buscar alguien que vaya al bar a sacar el tabaco de la máquina, porque yo por orgullo no entro allí nunca más.

Faltan diez minutos para la primera PVD y todavía no he encontrado a nadie